Según Spotify, en 2024 hasta 71.200 artistas en todo el mundo pudieron vivir sólo de la música generando unos 10.000 dólares anuales. Eso sólo proveniente de Spotify: la estimación total serían unos 40.000 dólares al año contando todas las fuentes de ingresos adjuntas a la música grabada. Es uno de los muchos insights que nos brinda un año más el informe Loud & Clear de la compañía, uno de los mejores ejemplos de la actualidad en cuanto a posverdad e imposición de narrativas.
La retórica de Spotify no tiene piedad y además de hacer oídos sordos a la polémica global despertada por el libro de Liz Pelly, Mood Machine (en todo el informe no hay ni un solo detalle que pueda, ni siquiera, desmentir o maquillar la realidad expuesta del programa Perfect Fit Content, los fake artists y la manipulación de playlists a costa de millones de artistas en el mundo), se atreve a subir la presión sobre los propios artistas y su relación con las discográficas. Bueno, realmente la presión no la sube el informe en sí, sino el mayor destructor de contexto del mundo: Daniel Ek.
Justificar lo injustificable es desde hace tiempo una constante en Daniel Ek y Spotify, pero en la historia reciente sus manifestaciones públicas demuestran una falta de empatía que solo va en aumento: en su reciente publicación en LinkedIn, Ek se escuda en datos cuidadosamente seleccionados para reforzar la narrativa de que Spotify es el mayor benefactor de los artistas, cuando en realidad es el arquitecto de un diseño económico meticulosamente preparado para eliminar a los artistas del complejo industrial musical.
Sin demasiada cortesía, Ek azota a las discográficas y, por ende, a los artistas, insinuando que no entienden cómo funciona el negocio: el CEO insiste en que Spotify paga más que cualquier otro servicio de streaming, pero convenientemente omite el hecho de que el modelo de pago por streaming es, en esencia, una máquina de expoliación donde los creadores reciben fracciones de céntimos mientras la empresa construye un imperio multimillonario sobre su trabajo. En 2023, por ejemplo, se estimó que un artista necesitaba más de cinco millones de reproducciones anuales solo para alcanzar el salario mínimo en muchos países occidentales.

El ataque de Ek se basa en un argumento falaz: Spotify no paga directamente a los artistas, sino a las editoriales, que luego se encargan de distribuir los ingresos según los contratos. Con esto, intenta desentenderse de cualquier responsabilidad en la precarización del ecosistema musical. Pero este argumento ignora el hecho de que Spotify, un distribuidor al uso, es quien ha moldeado el mercado y establecido las reglas del juego, favoreciendo a grandes conglomerados y penalizando a los artistas independientes con su sistema de prorrateo.