A pesar de las advertencias de lluvia y relámpagos, Prince no solo no reculó, sino que pidió que lloviera más fuerte: en 2007, el genio ofreció uno de los Halftime Shows más recordados y mitológicos al no ceder ante las inclemencias de la madre naturaleza y aprovecharlas para reforzar su personalidad artística. Durante años, el evento más visto del mundo año tras año, ha sido precisamente eso: bold show for bold artists. Grand finales épicos coreografiados para la gran masa popular.
Aunque el de Beyoncé ya llevó algo de carga crítica residual, es con el espectáculo adherido a la Super Bowl LIX donde pasamos de un show apolítico a uno con claras pretensiones políticas. Hoy en día todas las grandes plataformas y momentums mediáticos se usan para reivindicar mensajes o causas, pero en el espectáculo del medio tiempo nunca había sido necesario. O nadie había pasado todos los filtros necesarios. O seamos sinceros: quizá nadie se lo había planteado.
Cuando a Kendrick Lamar le preguntaron en la entrevista previa al show a través de Apple Music, sobre qué definiría al esperado espectáculo, fue muy claro: "storytelling" dijo. Si algo borda el artista es justamente eso: contar historias y llenarlas de narrativas y metanarrativas. Por eso está donde está (¿por sus western eggs? 😂). Pero su ya histórico halftime expuso a un público ultra-mainstream todas las contradicciones que está asumiendo desde su guerra civil con Drake.
Y no, no fue realmente político. Más bien, hizo todo lo necesario para ser entendido como político.

"¿La revolución será televisada?" ¿Seguro?
¿Cómo hacer creer a más de 133 millones de personas que está presenciando una revolución? En otras palabras: nadie domina la retórica como K. Dot. Su excelencia al escoger los símbolos que recontextualizar, las narrativas implícitas y las palabras va más allá de cualquier cosa conocida: "You picked the right time, but the wrong guy" dijo sabiendo que Donald Trump estaba cautivo en su palco, siendo el primer presidente de Estados Unidos en acudir a la Super Bowl.
Antes de esa frase, que Lamar usa para arrancar el show (tras la escueta interpretación de su inédito 'Tiramisu' a.k.a. la introducción del álbum 'GNX'), vuelve a incorporar la referencia a Gil Scott-Heron introducida en 'tv off' (2024): lo que para algunos es un tributo momentáneo a uno de los padres simbólicos del Rap y activista en favor de los Derechos Civiles, para otros es una exclamación que genera demasiadas expectativas.
En la misma canción, que cerrará el show de un poco más de 13 minutos, Lamar espita: "Fuck being rational, give 'em what they ask for." Aunque esta máxima se puede relacionar con un comentario que el nuevo Uncle Sam (protagonizado por Samuel L. Jackson) durante la actuación, a mí me sirve para señalar la cruda realidad: el espectáculo que vimos es un estándar para esa "oposición controlada" que tanto gusta al sistema.
¿Revolución? Imposible. ¿Acto revolucionario? Bueno, si analizamos la historia de los Halftime Shows y el contexto sociopolítico global hoy, quizá un poco. ¿Lamar usa la mayor plataforma de entretenimiento del mundo para lanzar un mensaje? Claro, pero ese mensaje está sistematizado y filtrado previamente por muchos intermediarios (NFL, Roc Nation y los que no conocemos). Un marxista diría: su espectáculo sólo contribuye a perpetuar el statu quo, porque al final ocurre y está pasando sobre los límites y marco de unos medios de producción en propiedad de la misma casta.
Un espectáculo disfrazado de revolución que representa un artistazgo domesticado: aquel que motiva al progresista blanco y no molesta lo suficiente al reaccionario. De hecho, aunque Trump estaba presente, ni siquiera se ha pronunciado sobre ello. ¿Que expuso rasgos del sistema desde dentro del sistema? Ok, pero no es suficiente. (Otro tema sería si de verdad es posible hacer algo más). El espectáculo de Lamar debería ser lo normal, a pesar de sus metáforas simples y grandiosidad estética y conceptual. El asombro que existe sobre este Halftime Show es parte de un problema muy real: el bajísimo nivel intelectual y disruptivo de las artes en general.

"CIRCUS MAXIMUS".
¿Lo más revolucionario? El extra que desplegó la bandera híbrida con la reivindicación por Gaza y Sudán. ¿Controlado por Kendrick y su equipo? Nunca lo sabremos. En cualquier caso: hay que recordar que en este punto del capitalismo tardío en el que nos encontramos, cualquier disonancia es engullida y transformada en espectáculo. En circo. "Radicalismo estético en un ambiente controlado", como dice @being_on_line
Recordemos que la Super Bowl es el centro neurálgico de la cultura blanca estadounidense y que ese hecho confirma que Lamar no puede ser un outsider nunca más y hará lo que el establishment le diga, a pesar de sus armas retóricas. Con el César presente, millones de blancos alucinaron con el show de Lamar, destacando las analogías, los detalles y riendo por el vapuleo a Drake; para ellos no es sólo un espectáculo grandioso sino una validación moral permitida.

"Canadian Tuxedo": lo que Lamar y Trump tienen en común (esto te sorprenderá)...
Lamar es el artista negro más tolerado, y la Super Bowl es una verificación más. Pero también fue sobre algo menos común y más controvertido: el rapero de Compton tiene más que ver con Trump de lo que nos creemos.
Y si no, echemos un vistazo a la política exterior de ambos: uno, siguiendo la estela de otros presidentes estadounidenses en el pasado, ha confrontado a Canadá amenazando con la compra del país y la transformación en su estado número 51; el otro, como señal de simbólica de absorción y total dominación, recogió sus cinco Premios Grammy vestido con un canadian tuxedo (atuendo denim de pies a cabeza).
Por si fuera poco, ambos estuvieron presentes mientras el segundo re-humillaba delante de la mayor audiencia de la historia a un judeo-canadiense consagrado; no quiero ver narrativas donde sólo existen coincidencias pero ¿no puede ser que Trump no se pronunciara precisamente por eso? No me extrañaría que el presidente no use ese detalle como bombardeo mediático en su ofensiva por hacerse con Canadá.
